“No me toca a mí, tierra mía”
Carlos Casillas Bedolla
En memoria de Daniel Vargas Rivera, periodista y cronista de esta ciudad, en el séptimo aniversario de su muerte:
No me toca a mí pedir perdón por tu pasado.
Yo no destruí tu río, ni mutilé sus brazos.
Yo no contuve su arrastre milenario.
Ni soterré sus islas.
No me toca a mí pedir perdón por haber desdibujado tu rostro provinciano.
Por enterrar tu pasado, acabar tus costumbres, y hacer invisibles a tus gentes.
No soy culpable de que perdieras tu candor,
No soy culpable de tu disfraz de meretriz,
De que fueras violentada apenas cumplidos 25 años.
A mí, que no me culpen de que no vuele más el pichichi en las noches de luna llena, ni la cerceta nade en las cristalinas y frescas aguas de tu río; de que se haya alejado el pargo y el robalo, de que el venado y el león se hayan remontado
De que más de uno haya saciado en ti, y en tu nombre, sus instintos de riqueza y de poder.
No soy culpable, tierra mía, de que te hayan engañado, mentido, usado, enamorado, desilusionado… y, sin embargo, vuelvas a creer
No me toca a mí pedir perdón porque te hayan arrancado tus palmas, tus bordones; secados tus riachuelos y lagunas, acabado tus cayacos y arrancado los tulares y manglares.
Porque tu tierra, tu buena tierra, tierra mía, la hayan convertido en viviendas de ladrillo y acabado las de palapas y bajareque. No soy culpable de que no suenen más las carretas en los caminos de herradura.
A quién culpar por la falta de parotas y sus vecindarios de nidos colgantes de calandrias, de las guácimas, sesteaderos obligados en días de canícula; los habillos, las pochotas y sasaniles que alimentan a los “luisillos”.
No soy culpable de la pérdida de tus tradiciones de Semana Santa, de los traviesos fariseos, de los cantos de la Gila a su marido Bartolo pidiéndoles al menos leña para calentarle la comida.
No soy culpable que, a San José, patrono de los nativos nuestros, lo hayan convertido en “el cantinero de marzo”, en una fiesta que hace mucho dejó de ser nuestra.
No soy culpable, de hecho, nadie lo es, porque estuviste siempre, tierra mía, llamada a ser grande en esta apartada orilla, donde discurría tu tiempo entre aroma de tabaco y café de huje; el zumbido del sancudo y la molestia del jején.
Porque mientras dormías en cama de hierro, te cobijabas con el cielo y las olas del mar arrullaban tus sueños.
Porque un día tu destino cambió; te despertaron del letargo, te sacudieron la modorra; tu gente dejó el huarache, el sombrero y el azadón, por el casco y la bota de trabajo y, tuvo que mezclar el “sí pues” y su “arajo”, con las otras voces venidas de fuera que convirtieron esta tierra mía, en la nueva torre de Babel, en el cenzontle, el pájaro de las 400 voces que amaba Nezahualcóyotl.
No soy culpable, de hecho, nadie lo es, que no te hayan dado tiempo de vivir tu juventud provinciana, que hayas tenido que desarrollarte al ritmo que te impusieron; para verte convertida hoy, en la tierra anciana, la de los achaques, la de hoyos en sus calles, la que “brilla por su oscuridad”, anegada de basura, como el borracho que se vomita a sí mismo.
Pensar que recién cumpliste 70, tierra mía, pero tienen la esclerosis de las virreinales de 500.
Pensar que apenas tienes 70, pero vivirás 7 veces 70, 700 y más, tierra mía.


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