José Luis Mejía
Era una mañana fresca de mediados de febrero, los rayos del sol caen horizontales sobre el parabrisas del auto mientras a través de la radio se anunciaba que por fin los maestros dejarían libre el hermoso centro histórico de Morelia.
El trayecto entre mi casa y el lugar donde vive mi novia fue sumamente difícil debido al intenso tráfico que a esa hora pico hace circular miles de autos para llevar los niños a la escuela y tapan con segunda y tercera fila las calles de toda la ciudad.
No falta esa hora una madre atravesándose imprudentemente frente al coche mientras otro atrás utiliza su claxon para decir que no debí haberme frenado, y la señora enojada porque va a llegar tarde a la escuela voltea y me hace una seña obscena indicando que la preferencia la tiene el peatón.
La casa de mi novia es un lugar lúgubre que no ha podido superar la pérdida en un accidente de sus padres mientras a ella le toca la feroz tarea de lidiar con un hermano enfermo y en medio de una depresión feroz, me manda directamente a la reunión de cronistas con una patada en el trasero.
Los minutos transcurren rápidamente mientras en violentas maniobras trato de ganar el paso a esa fila incesante de vehículos que obstruyen las calles para salir de Morelia y continuar el camino rumbo a ciudad Obregón distante apenas 17 km., pero que en mi afán tener contacto con mi novia me dejó ya sólo 15 minutos para llegar y siento que llegaré tarde. Sin embargo estamos en México, la reunión programada a las 10:00 de la mañana aún falta para que comience lo cual sucede no más de 20 minutos después.
Gran alegría me causó estrechar la mano de tanto cronista del estado, gente venida de tierra caliente, de tierra fría, del bajío, de la costa y de la montaña con un mar de conocimientos vertidos en un solo recinto, esto es algo apabullante, hasta las paredes de la presidencia municipal brillaban con una luz especial de conocimientos que quizás desde que fuera levantada para ser una productiva hacienda del porfiriato no había lucido con tanta fuerza hasta esa mañana.
La conferencia dio inicio con una ponencia acerca de la historia de la hacienda de San Bartolo, como se llamó durante cientos de años al lugar que quizá cientos de años anteriores a San Barto, se llamó Tzintzimeo y ahora estábamos visitando.
Ahí supimos a través del cronista municipal que muchos años antes, cuando los primeros colonos españoles llegaron y comenzaron el lento proceso de industrialización de la región en la cuenca del lago de Cuitzeo, esta región ricamente regada con las aguas del río grande de Morelia, había sido uno de los sitios que dieron la riqueza para formar el esplendor de la bella ciudad de Valladolid, capital de la que entonces se llamó provincia Michoacán.
La mañana transcurrió en un éxtasis total mientras oíamos embelesados, las ponencias de los investigadores del Colegio de Michoacán, arqueólogos e historiadores que nos relataban con santo y seña tanto la forma de distribuirse el agua del río en toda la comarca durante la colonia, como datos de los pueblos que habían existido antes de esta y que se habían asentado en la región.
Así desfilaron ante nuestros asombrados ojos tanto tehotihuacanos como toltecas y finalmente purépechas dándonos vestigios de cada uno de estos pueblos en los cientos de sitios arqueológicos alrededor de la cuenca del lago de Cuitzeo y fue una sorpresa para todos darnos cuenta de que sitios apenas visitados como Huandacareo y Tres Cerritos, eran sólo uno de docenas de sitios arqueológicos que existen en la zona y que muchos tienen quizás miles de años de haber sido ocupados por algún pueblo del cual desconocemos tanto su idioma como su creencias, su estilo de vida y su final.
Ahí estaban mostradas en la magnificencia de la actual tecnología de proyectores y computadoras electrónicas, un mundo de tepalcates rescatados y que de acuerdo también a la tecnología moderna algunos han logrado ubicar 1500 años antes de la era cristiana, ahora increíblemente llegan a nuestros ojos en una pantalla puesta en la pared de la presidencia.
Sólo rompe el éxtasis de los conocimientos adquiridos el doloroso crujir del estómago no almorzado, mientras el olor de unos ricos tacos llega a nuestra nariz proveniente de un ágape que el presidente municipal de este municipio ha tenido a bien enviar para nuestro deleite. Pero en nuestro afán de conocimiento no podemos desviar la vista de esas imágenes y esos expositores que nos embelesan y nos hacen desear un taquito para poder seguir poniendo atención a tan interesantes temas.
Llega el esperado final, nos hubiera gustado comer un taquito y regresar para estar toda la tarde escuchando las historias ahí vertidas, las opiniones de los demás compañeros, los sitios arqueológicos que en cada una de las regiones de Michoacán existen y que sólo conocen los cronistas y los historiadores particulares de cada municipio.
Pero habría que seguir un protocolo. Para poder pasar a la mesa se tienen que terminar los trabajos y tomar la fotografía.
Por fin un rico menú nos espera para dar por terminado el ciclo, dar una vuelta por el pueblo seguir conviviendo en pequeños grupos cada uno de los cronistas en diferentes lugares y terminar un día más, que de tan productivo, podríamos ponerlo en un libro de oro.


Be the first to comment on "CRÓNICA DE UNA DE CRONISTAS"