Por Francisco Rivera Cruz
Lázaro Cárdenas, Michoacán.- La piratería lo enfermó, el quemador de disco le dio dolores y el internet complicó su estado de salud hasta que hoy en día está en lecho de muerte, solo con un hilo de vida, menos que sobreviviendo. Es el mercado de los discos. En Lázaro Cárdenas, solo Discolandia se resistía a las tecnologías, pero ya planea cerrar sus puertas.
Entre los años 1980 al 2000 prácticamente en cada hogar había una consola o equipo para reproducir discos de vinilo de larga duración (long play), por lo que hoy en día existe entre los mayores una manifiesta nostalgia por la experiencia de escuchar música en ese formato.
En Lázaro Cárdenas hubo varias tiendas de discos, de las que Discolandia se colocó como lugar preferido y hasta icónico de los melómanos para ir por sus temas y discos, “pero ya nos tragó la tecnología”, dice su propietario, Marcelino Ojeda.
“Me causa depresión, es más, creo por eso fue mi enfermedad. Pensar lo que fuimos y ver a lo que hoy estamos reducidos”, dice el empresario en charla. Comparte que este año sería el último que mantiene las cortinas arriba, a diciembre piensa rematar materiales y olvidar que vivió del disco y saboreó la época de gloria de esta industria.
Siendo joven salió de su natal Oaxaca al entonces Distrito Federal, ahí tuvo contacto con los discos y los cassetes y empezó a comprar por cajas para ir a ciudades a ofrecerlos, fue así que llegó un día a lo que todavía en los años ochentas muchos llamaban Melchor Ocampo, aunque llevaba más de una década que había cambiado de nombre al actual Lázaro Cárdenas.
Abrió una primera tienda por allá de 1981 en las calles Allende y Javier Mina, a una cuadra del mercado Cuauhtémoc, y ante la aceptación abrió sucursal en la llamada calle de la fayuca. Luego cambió domicilio de la primera tienda creciendo como lo hacía el mercado del entretenimiento musical.
En cada tienda llegó a tener 8 mil discos, hoy, en su actual domicilio de calle Constitución de 1814, aunque en área más amplia, solo tiene mil unidades. En los días de auge, en una sola fecha, el 24 de diciembre de 2000, vendió 40 mil pesos en discos, ahora ni tres mil pesos ingresa en un mes, sostiene.
Los discos lo eran todo, Hoy variamos para poder sobrevivir, dice mientras hace una recarga telefónica. En su local hay libros, revistas, periódicos, playeras con leyendas de rock o de grupos de este género musical, un anuncio de “grabamos tu disco” y dice que coloca algunos CDs a través de las plataformas.
Explica que cuando algún coleccionista o melómano busca un determinado título, artista o disco, recibe de Amazon la misma solicitud, y si lo tiene contesta afirmativamente y dando costo para decisión del interesado, “y sí cae alguna venta muy ocasional”.
De los discos de vinilo o acetatos que contenían álbumes completos para reproducir a 33 revoluciones por minuto, se pasó a los casettes, y luego a los CDs (discos compactos), que contenían entre 8 y 12 temas por lado, y hoy reinan las plataformas, dice con melancolía dibujada en el rostro.
Cuando habla de las plataformas, hace referencia a YouTube, Spotify, Napster y Deezer, que entre otras dominan hoy el mercado de la música, marcando nuevas reglas en escucha y venta de material artístico, dejando en la historia los premios de oro, platino y uranio, por ventas de discos. Hoy las valoraciones son por reproducción o escuchar un tema.
Y no me di cuenta de que la tecnología nos amenazaba, me hubiera preparado por lo menos para no sentir feo la caída, dice, mientras anota que entre los arrollados está la fotografía, otro sector que sufrió los cambios tecnológicos. Los estudios de foto y revelación cerraron porque hoy cualquiera trae un equipo personal para capturar sus recuerdos, señala.
Hoy me doy cuenta que la industria se fue transformando y el cambio no fue de golpe, pero estaba confiado y en un espacio de confort que en los últimos años ya no iba por los materiales, recibía los discos en paquetería apenas con una llamada o un fax. En principio viajaba a Guadalajara o Morelia, centralmente, aunque a veces también a la capital del país.
Aunque ¿quién creía que esto iba a modificarse drásticamente?, si en el local que tuve por La Vaquita, en un anexo a lo que fue el Salón Muralla, a los clientes no importaban las condiciones sino encontrar a su artista. Y lo refiere porque el local era caluroso y un ventilador era insuficiente para mitigar la temperatura de un espacio techado muy bajo y con lámina de asbesto.
Hubo tiempo que las ventas también se hacían a grupos musicales de la región, a los disc jockey (DJs que eran mezcladores de música grabada) y quienes amenizaban las fiestas, se llevaban unos 100 discos por semana, y con Radio Azul hubo un estrecho vínculo ya que esa emisora tuvo siempre interés en mantener un valioso acervo discográfico. El último enlace fue el locutor y animador José Manuel Virrueta.
Está tomada la decisión de cerrar, le cuestionamos a Marcelino y de inmediato dice que en diciembre acabará el nombre de Discolandia, pues ya está cansado y quiere darle giro a sus actividades, sobre todo porque “esto no deja”.
De haber tenido cinco empleados, hoy solo él atiende y confiesa que la salida del último de los trabajadores le causó estrés, pero lo ubicó en que los discos ya no sostienen, ya que para completar los gastos de energía eléctrica y permisos, se vio precisado a añadir venta de otros productos y servicios.
Señala que otras tiendas en el país, hoy se da cuenta, para mantenerse de pie vendieron accesorios para la música, películas, videos, y hasta fueron punto de venta de boletos para eventos y conciertos, además lugar de reunión para que artistas firmaran autógrafos.
Discolandia tuvo competencia en Lázaro Cárdenas, aunque comenta Ojeda que nunca la vio como tal, “mandábamos en el mercado, conservábamos clientes y hasta ofertas semanales ofrecíamos”, pero el disco dio vuelta y el cierre de la última tienda que vende discografía en esta ciudad, ya tiene plazo.


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