Por Francisco Rivera Cruz
Lázaro Cárdenas, Michoacán.- Lo que durante siglos fue una franja apacible de agricultores, ganaderos y pescadores, curtidos al sol del Pacífico entre el susurro del mar y el río Balsas, se convirtió en apenas cinco décadas en uno de los motores industriales y portuarios más potentes de México.
Así lo expuso el periodista y escritor Carlos Casillas durante la conferencia inaugural “Impacto de la llegada de Sicartsa a nuestra región”, que dio inicio al ciclo de conferencias organizado por Sicartsa, nuestra historia, A.C. en la Biblioteca Municipal Álvaro Obregón.
Para comprender la magnitud del fenómeno industrial, Casillas Bedolla remarcó que esta tierra –conocida tempranamente como Hueytlaco (“En el llano”) y posteriormente Los Llanitos– es el resultado de cuatro grandes olas migratorias
La fundacional Náhuatl, documentada en el Lienzo de Jucutacato, cuando una de sus ramas descendió hacia la costa por rutas mineras. La española, encabezada por Gonzalo de Umbría en busca de las minas de oro del señorío de Zacatollán.
Despues la colonial y cimarrona, conformada por encomenderos, indígenas, esclavos y negros cimarrones que hallaron en este aislado rincón la libertad, y la moderna y masiva (de 1964 en adelante), desencadenada por la construcción de la Presa José María Morelos y la posterior expropiación ejidal para el proyecto siderúrgico.
El municipio, que pasó de llamarse Melchor Ocampo del Balsas a Lázaro Cárdenas en noviembre de 1970 –en homenaje al general fallecido un mes antes–, despertó abruptamente de su letargo rural para encarar una metamorfosis sin precedentes.
La llegada de la Siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las Truchas (Sicartsa) en los años 70 –marcada como el Cuarto Polo de Desarrollo– trajo consigo un alud humano. Tan solo en 1976, sus barracas alojaron a más de 10,000 obreros.
Con la creación del Fideicomiso FIDELAC, nació la “ciudad nueva”, trazando colonias obreras, servicios e infraestructura para dar paso, en 1974, a la operación del puerto industrial y, posteriormente, a la logística internacional de contenedores y graneles que hoy define a la región.
Más allá de los fríos números de tonelaje y hectáreas, la conferencia resonó con una emotiva pincelada de nostalgia sobre el impacto cotidiano de este choque cultural, por el autor de “Razones y sinrazones del otro jueves negro”.
”Pocos pueblos tienen el privilegio de haberse convertido en ciudad de casi la nada. En su momento fue considerada la ciudad más joven del país, pero nunca se dijo que fuera la más bonita.”, suscribió Carlos Casillas.
La llegada de voces, idiomas y costumbres foráneas desplazó gradualmente el estilo de vida nativo. Sin embargo, en las cocinas y en el habla cotidiana, los costeños dieron una férrea batalla por preservar su arraigo.
Refirió el sazón de la costa que frente a la gastronomía importada, puso a las familias locales en resistencia alimentando el orgullo por el dulce de zapote, la conserva de atuto, los nanches curados en alcohol, el coacoyul enmielado, las pepitorias de ajonjolí y el quiebramuelas, apuntó.
Y preservó los sabores del monte, con los frutos silvestres como el palmito, el timbiriche con sal que “escaldaba” la lengua, las guayabillas y la uva silvestre.
Y de paso el dialecto costeño; el hablar local defendió con terquedad la palabra “pescao”, el enfático “¡sí pues!” o el lacónico y arrastrado “ey” para afirmar.
Poco a poco, el vocabulario del campesino y del pescador tuvo que incorporar, casi por fuerza de la globalización, términos hasta entonces desconocidos como acería, colada continua, winches, estrobos, bitas, laminador y canal de navegación.
Hoy, Lázaro Cárdenas conserva tres rasgos indelebles heredados de aquel tránsito: una profunda identidad obrera y portuaria, una sociedad diversa moldeada por la migración y una alta sensibilidad social ante el empleo y la vida sindical.
El ciclo de conferencias organizado por Sicartsa, nuestra historia, A.C. continuará en la Biblioteca Municipal Álvaro Obregón, a las 11:00 horas, hasta el próximo lunes, rescatando la memoria de la empresa que no solo transformó la desembocadura del Balsas, sino que refundó la identidad de todo un pueblo.


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