Cacao como escudo: propuesta frente a la selva de asfalto en Lázaro Cárdenas

Por: Francisco Rivera Cruz

​La deforestación ha dejado de ser una amenaza lejana para convertirse en una crisis palpable en el corazón urbano de Lázaro Cárdenas. La desaparición gradual de lotes baldíos y los últimos restos de antiguas huertas —que alguna vez funcionaron como pequeños pulmones locales— está asfixiando a la ciudad. Bajo la implacable presión del desarrollo portuario y la expansión industrial, aquellos espacios verdes que daban tregua al calor hoy se transforman aceleradamente en grises patios de maniobras y planchas de cemento destinadas a almacenar autos y contenedores.

​Ante este panorama, Patricio León Sandoval, reconocido activista ambiental Pato Azulita, invita a una profunda introspección sobre nuestra identidad. El ambientalista reflexiona que el mundo entero nos reconoce a los mexicanos por ser amigueros, afectivos y herederos de una riqueza cultural inmensa: creadores del mole, el tequila y el chocolate, y custodios de tradiciones prehispánicas tan vivas como la Noche de Muertos. Sin embargo, recalca con preocupación que ese enorme afecto no lo hemos sabido trasladar hacia la naturaleza para proteger de la misma forma nuestros ríos, esteros, manglares, aves… la biodiversidad en sí.

​Para el creador de Guerreros Verdes, esta alarmante desconexión tiene una explicación psicológica e histórica profunda: una suerte de indolencia basada en la memoria. Explicó que nuestros cuerpos conservan el recuerdo de un pasado donde los bosques y la naturaleza abundaban hacia cualquier dirección que se mirara; esa abundancia histórica nos hizo desarrollar el mal hábito de la despreocupación, arraigando la falsa idea de que los recursos naturales están ahí solo para ser explotados y que nunca se van a agotar. El resultado actual es un ciudadano que se queja constantemente del calor extremo, la basura y la falta de parques, pero que rara vez se activa en labores de reparación.

​Frente a esta inercia, Pato Azulita propone una alternativa fascinante y endémica para reforestar desde el asfalto: el rescate del cacao. Pocos recuerdan que este árbol tuvo una importancia destacadísima en la zona costera de Guerrero y Michoacán. Tras el auge de los monocultivos en los años sesenta —que a la larga trajeron plagas y pérdida de fertilidad en los suelos—, el cacao resurge hoy como una opción agroecológica perfecta, ya que es compatible con otros entornos, no requiere desmontar cerros enteros e, increíblemente, se adapta de manera óptima al espacio urbano.

​La historia del fruto que da origen al chocolate —un producto que la gente suele asociar erróneamente con Europa— es milenaria y sagrada. Aunque las investigaciones apuntan a que el cacao salió de la selva amazónica hace unos 4,000 años, fueron las culturas de Mesoamérica, desde México hasta Nicaragua, quienes lo domesticaron, lo convirtieron en superalimento, en moneda y en un elemento divino. Mayas y aztecas dejaron constancia de su gran valor en códices, frescos, esculturas de barro y piedras labradas; un legado que floreció con fuerza en la Costa de Guerrero y parte de Michoacán.

​Al árbol de cacao le gusta cohabitar con el ser humano en las ciudades, una herencia de los tiempos en que las familias locales vivían rodeadas de huertos. Esta cruzada por rescatar el cultivo autóctono nació del contacto con un proyecto ecológico en Petatlán y el posterior encuentro de plantas nativas en un vivero de Zacatula.

A partir de una pequeña labor de difusión, la demanda comunitaria comenzó a escalar, motivando a los activistas a reproducirlo con mucha más dedicación.

​Actualmente, el proyecto enfoca sus esfuerzos en rastrear y entender por qué se abandonó este cultivo en Lázaro Cárdenas, una práctica que sobrevivió en la Costa Chica de Guerrero pero que aquí se apagó, presuntamente debido a una plaga del pasado. El rescate genético se realiza de forma directa en comunidades que, por coincidencia histórica, tienen nombres de lenguas originarias: Petacalco, Zorcua, Zacatula y Acalpican, lugares donde el cacao nativo se resiste a desaparecer y sigue produciéndose con gran calidad.

​Los beneficios de adoptar este árbol milenario en las banquetas de nuestras colonias actuales son tanto ecológicos como prácticos. Se trata de una planta noble que a los tres años ya comienza a producir frutos. Además, posee una ventaja estructural idónea para la infraestructura urbana: su raíz no se extiende de manera agresiva hacia los lados, lo que significa que puede crecer en entornos públicos sin poner en riesgo las banquetas, las tuberías de agua ni el cableado.

​Al cierre de la charla, Patricio León Sandoval dejó una última reflexión sobre el poder de la colectividad. Reconoció con realismo que los esfuerzos aislados de unos cuantos individuos logran muy poco avance en una crisis de esta magnitud. El verdadero cambio, apuntó, ocurrirá cuando logremos articular una red sólida, por ejemplo a través de las escuelas, que impulse una auténtica cultura ecológica desde la infancia.

​Para el activista, el futuro verde de Lázaro Cárdenas se construirá el día en que cada niño de la región adopte la tarea de sembrar un árbol, aprenda a procesar su propia composta y reduzca activamente sus residuos de plástico. Solo transformando la queja pasiva en acción comunitaria se podrá recuperar el equilibrio que el cemento y las industrias le han arrebatado a la costa michoacana.

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